El gigante David

 

Agustín Berrueta

León, Junio 2003

Hace ya un año que murió, en plena juventud, uno de los jugadores más talentosos y creativos que ha dado el ajedrez español en mucho tiempo: David García Ilundáin. David pasó como un cometa por el ajedrez y por la vida misma, y los que le conocieron pueden atestiguar que era un tipo entrañable con un corpachón de gigante que encerraba un corazón de niño; y seguramente os contarán alguna anécdota suya.

En León protagonizó una de las más sonadas. Fue durante el Torneo Magistral del año 1993; David había conseguido una buena posición en la partida que le enfrentaba al ex-Campeón Mundial Anatoly Karpov; cualquiera en su lugar se hubiera puesto nervioso ante la oportunidad de ganar a una de las leyendas vivas del ajedrez y David no fue una excepción, lo excepcional fue su manera de combatir los nervios.

Cuentan que Nimzowitsch, para relajarse, se iba a una esquina de la sala de juego y hacía el pino adoptando una postura de yoga. Hoy manifestar tan notoriamente que estás acusando la presión se interpretaría como un signo de debilidad, por eso, la mayoría de los ajedrecistas intentan aparentar el aplomo de "El hombre tranquilo" y la frialdad de Hannibal Lecter, sin embargo, pequeños tics y movimientos inconscientes los traicionan: unos mordisquean el bolígrafo hasta comérselo, casi todos mueven compulsivamente los pies por debajo de la mesa como si tuvieran el baile de San Vito y alguno llega a depilarse literalmente las cejas a tirones. David optó por desahogarse concediéndose un pequeño placer gastronómico que provocó que los demás jugadores -empezando por su egregio rival- y los espectadores pusiéramos cara de asombro cuando vimos aparecer una copa de vino sobre la mesa de David, en lugar del habitual café o la botellita de agua mineral. Yo quise imaginar que quizá era una manera de celebrar el acontecimiento, después de todo, pocas veces tiene uno la oportunidad de jugar cara a cara contra uno de sus mitos deportivos. Pero cuando apareció la segunda copa, e incluso una tercera, confieso que ya no sabía qué pensar. Y, en contra de lo que todos temíamos, su juego no sólo no se resintió sino que su posición mejoraba paulatinamente a medida que iba apurando su copa de vino, y quizá fue eso, precisamente, lo que le animó a pedir la segunda y la tercera; los ajedrecistas suelen ser supersticiosos y si atribuyen buena suerte a un bolígrafo o a una prenda de vestir son muy reacios a cambiarla (también en León pudimos ver a un Gran Maestro que no se cambió de camiseta durante todo un torneo. Ignoro la opinión de sus rivales pero, incluso desde lejos, aquello “cantaba” cada día más). Lo más curioso es que la conducta de David había tenido un cierto precedente en la primera ronda de ese mismo torneo, en la que Karpov se había enfrentado a un niño, Peter Leko, de apenas trece años. La partida se prolongó casi siete horas -descanso para cenar incluído- durante las cuales "el gélido Tolia", el hombre de las ventajas microscópicas, intentó en vano doblegar la resistencia que le oponía un niño con gorra hacia atrás que no paraba de comer gominolas y aún se permitía el lujo de levantarse entre jugada y jugada para observar partidas de los demás. Bien pasada la medianoche, Karpov se rindió a la evidencia y propuso las tablas (Léko, que ahora opta a Campeón del Mundo, consiguió en ese torneo la segunda norma para el título de Gran Maestro). "Pues si Léko se dio el gustazo de atiborrarse de gominolas no veo por qué no puedo yo pedirme un riojita". Quizá eso fue lo que pensó David. Aunque lo cierto es que, años después, él mismo se espantaba de su arrebato: "¿Cómo pude hacer eso? ¡Qué loco estaba!".

Seguramente querrán saber el desenlace de la partida. Como he dicho, lejos de empeorar, la posición de David fue mejorando a medida que trasegaba el vinillo, hasta que consiguió una superioridad tan clara que todos, tanto los espectadores como los jugadores, que levantaban la mirada al tablero mural y se acercaban incrédulos a la mesa de juego, soñábamos ya con la victoria de David que, de haberse cumplido nuestro deseo, hubiera merecido salir a hombros de la sala de juego. 

Lamentablemente, en el momento crítico David erró la puntería y no hizo la mejor jugada, la jugada ganadora; aun así, su posición era tan buena que Karpov se apresuró a aceptar las tablas; un éxito se mire como se mire, que cualquiera firmaría con gusto. Para mí no tiene mucho sentido entrar en especulaciones sobre si el error se debió al efecto negativo del alcohol o no. Pudo perfectamente ser resultado de la propia presión de la partida (que siempre se incrementa cuando te das cuenta de que tienes la victoria a tu alcance), al agobio de los apuros de tiempo (que, siguiendo la Ley de Murphy, llegan justamente en los momentos más agudos y complicados de la partida), o a un simple error humano y acierto del rival, como le pasó a Djukic a la hora de lanzar el penalty que decidía un título de liga, justo en el último minuto del último partido.

En contra de los que criticaron a David por su frívola conducta -incluido él mismo-, yo opino que en aquél momento David hizo lo que le pedía el cuerpo para dar salida a la presión que le atenazaba, y si un rioja le ayudó a sentirse mejor, a relajar los nervios, incluso a controlar su pulso, a mi me sigue pareciendo una buena decisión. Aunque, ciertamente, si la partida llega a durar siete horas, como la de Léko, no sé en qué estado hubiera acabado David. A lo mejor hubiera pedido también una de  mollejas para acompañar, por qué no.

David era así, y no conozco a nadie que no haya lamentado su pérdida. Tampoco tuve ocasión de tratarle mucho, solamente unos pocos días al año, pero me enternecen los recuerdos de la primera vez que llegó a León un adolescente de 1,90 de altura que hacía preguntas de niño; y me emociono aún más cuando me cuentan el ánimo, el humor y el coraje con que enfrentó la última partida de su vida a sabiendas de que su posición era desesperada. En sus propias palabras, seguro que pensaba "¡Esto es un infierrrrno!".

David, querido "enferrrrrmo", mis tres próximos riojas irán en tu honor.